Anecdotas

 Este es un lugar libre e independiente, sin subvenciones o ayudas (al menos de momento). Intento que sea profesional, y serio, tratando problemas que interesen a la gente. Pero hoy voy a darme un respiro. Hace tiempo que quería hacer un artículo donde pueda plasmar situaciones curiosas o graciosas, antes de que mi memoria se torne confusa e inexacta.

No esperéis un torrente de historias desternillantes. Puede que únicamente sean 5 o 6, pero son auténticas, nadie me las ha contado. Tampoco las voy a adornar para que parezcan mejores. Son lo que son.

Madrid es tan grande, que hay de todo, incluso compañeros con un humor …, digamos…, diferente. Este en concreto, era alto, fuerte, y bastante estirado, parecía que acababa de salir de una licenciatura de Oxford. Siempre trabajaba con traje, y se las daba de saber mucho más que yo, cosa que por otro lado era cierto, ya que hacía menos de un año que había acabado la carrera.

El caso es que una tarde, entró una mujer de unos 45 años en la tienda. No recuerdo con exactitud su aspecto, pero si su expresión de severidad, me recordaba a la señorita Rottenmeier de Heidi. A tenor de su imagen, intenté llevar la venta con tacto y suavidad. Mi compañero, el de “Oxford”, se encontraba absorto en una mesa, haciendo algún trabajo de administración, a escasa distancia nuestra.

  • Ya tengo unas gafas de sol de calidad, ahora lo que busco son otras, pero más tipo batalla. Me dijo

Mi colega, al que yo consideraba desconectado de nuestra conversión, sin levantar los ojos de su tarea, dijo con su potente voz:

  • Pues en el almacén tenemos una con casco y plumas, si le viene bien.

Era evidente que no se había fijado en el aspecto de la clienta. Yo, que estaba frente a ella, sentí como la cara me iba enrojeciendo por momentos. La señora giro la cabeza y le dedicó una mirada de profundo odio, aunque no dijo nada. Mi colega continuaba enfrascado en su trabajo como si nada hubiese pasado, y yo tras una leve vacilación, traté de reconducir la situación lo mejor que pude. Tras unos minutos, la señora salió por la puerta sin comprar nada, e imaginé que con la frasecita rondándole por la cabeza.

Al salir le comenté a mi compañero, tengo que reconocer que entre risas.

  • Así que casco y plumas, eh. Creo que, si llega a tener una espada, tu sí que habrías necesitado esas gafas.

Para ser sincero, estaba muy sorprendido; incluso diría que afectado de que le sentara mal a la mujer. Pero ¿es que no has visto su aspecto?, le decía yo. Pues la verdad es que no. Comentaba. 

Unos meses más tarde, en este mismo centro óptico, ocurrieron dos situaciones, digamos… poco corrientes.

Yo había decidido abandonar el trabajo en pos de una mejor preparación. Durante mis últimos 15 días, mi compañero, con el que al final me llevaba bastante bien, se marchó de vacaciones, y me enviaron a la persona que debía sustituirme, para que fuese acostumbrándome a la rutina de la empresa. Tenía mi edad, unos 26 años e incluso físicamente nos parecíamos, aunque él, más moreno. No sé de dónde venía, ni que experiencia previa tenía, imagino que no mucha, porque era un auténtico desastre. Me cayó fenomenal desde el primer día. Tenía la costumbre de actuar, en vez de preguntar, diría que incluso antes de pensar, y eso, al principio, acarrea problemas.

Recuerdo un día, en el que le deje enseñando a un joven de nuestra edad, el arduo proceso de aprender a poner una lente semirrígida; de las de antes. Esas, que parecía que te habían metido una piedra con mala leche en el ojo.  Aunque fuese incómodo, el proceso en sí, no tenía mucho misterio, por lo que creí conveniente dejarle al mando de la operación. Como no había gente, me permitía acercarme de vez en cuando a supervisar. Parecía todo normal, a pesar de que el chico lagrimeaba en exceso.

A los 5 minutos, sale mi compañero y me dice:

-0ye macho, puedes venir, el tío no para de llorar. A este no le ponemos lentillas ni en una semana.

– Que raro. Dije, y pensé. ¿será hipersensible? Sin embargo, casi al instante tuve un presentimiento.

– ¿qué liquido estas usando?

– El humectante (liquido suave, se usa para mantenimiento), como dijiste.

– ¿De qué color tiene la tapa?

– Rojo

– Joder, ese es el limpiador (vamos, como si fuese un lavavajillas), no me extraña que llore, lo raro es que no berree.

Cambiamos el líquido con mucho disimulo, mientras el pobre cliente decía:

-Uff, ahora mucho mejor. Debía estar haciendo algo mal.

Si tú supieras, pensaba yo.

Mi compañero era una joya, a la par que divertido. Lástima de no estar más tiempo con él, habría tenido muchas más anécdotas que contar. A los pocos días, entró un señor de unos 65 años, con un traje de paño a cuadros, un poco pasado de moda y con aspecto serio, pero sin ningún rasgo o cualidad que le sacara de la monotonía habitual que rodeaba la entrada de clientes de esa zona de Madrid. Venía con la intención de hacer una gafa progresiva. Si no recuero mal, traía receta, pero nosotros siempre la comprobábamos para evitar problemas. Creí conveniente, ya que me quedaban pocos días de estar allí, dejar en manos de mi colega su evaluación visual. Los miré mientras se perdían tras la puerta del fondo que delimitaba la zona de graduación. El local era grande, y el gabinete se encontraba al final, bien aislado acústicamente y a una distancia de unos 15 metros de donde yo estaba.

 Al cabo de unos 5 minutos, comienzé a oír voces, bueno, más que voces eran gritos. No conseguía entender lo que decían, pero deduje que era una fuerte discusión. A pesar de que parecían venir del gabinete, no creía probable que algo así sucediera. Me acerqué con precaución.

Al llegar a la puerta, pude escuchar de manera clara.

  • ¡QUE NO VEO!, ¡ME ESTÁS DEJANDO CIEGO!… ¡PERO QUE ES ESTO!¡AHORA VEO MENOS TODAVÍA! ¡QUE ME ESTAS HACIENDO!

Evidentemente salían del gabinete. Y, ¡ que gritos!. Me asusté, no sabía qué hacer. No albergaba un gran concepto (ópticamente hablando) de mi compañero, pero no le tenía por un asesino en serie, así que me quede en la puerta unos instantes, dudando de cómo proceder. No tuve que esperar mucho. A los pocos instantes sale mi colega con los ojos desorbitados, sudando copiosamente y medio temblando.

  • ¿Pero qué está pasando? Alcancé a decirle.
  • No lo sé, no consigo que vea. ESTA LOCO. Me decía el pobre.

Había salido con la gafa de prueba (ese artilúgio donde los ópticos colocamos las lentes) en la mano derecha y la receta en la izquierda. El caso es que observé una cosa y la otra, y me di cuenta rápido del problema.

-Le estas poniendo MIOPIA (lentes negativas, de color rojo) en vez de HIPERMETROPIA (lentes positivas, de color negro), así es imposible que vea (su graduación era de 4 dp, con lo que le estaba poniendo 8 dp que no tenía). Anda cámbiaselo.

Hizo acopio de todo su valor y volvió a entrar en el infierno que se había convertido el gabinete. A partir de ese momento, no volví a oír ni una mosca. El señor se hizo la gafa como si no hubiese pasado nada, y cuando salió, una vez superado el susto, no reímos con ganas (al menos yo). Fue memorable

Tras dejar el trabajo, hice un master en optometría comportamental, y aumenté mis conocimientos. Viajé bastante dentro de las posibilidades que ofrece mi profesión, y recopilé algunas anécdotas más que merecen ser contadas, como esta otra situación que me sucedió en Benavente.

Era un día de finales de primera, con buena temperatura y el sol atravesando los enormes cristales que delimitaban el escaparate. Recuerdo a un chico joven, de unos 25 años, alto y bastante corpulento. Vestía de manera informal, con zapatillas, vaquero y niqui de manga corta. Venía para realizar una revisión, ya que no acababa de ver bien de lejos. En nuestra tienda, el auto-refractómetro (computadora óptica) se encontraba fuera del gabinete, con lo que era la primera prueba que hacíamos antes de pasar a la graduación en sí. Le comenté que accediera a colocar la cabeza sobre el soporte de la máquina, la cual tiene una mentonera (para la barbilla) y una zona para la frente. Mientras lo hacía, me di la vuelta para recoger la plantilla que usaba como toma de datos. Antes de volverme y por rabillo del ojo. vi como mi compañera pasaba como una exhalación hacia el taller (zona resguardada donde no la podían ver). La seguí con la mirada, extrañado, preguntándome qué la habría hecho salir corriendo de esa forma. Al darme la vuelta, encontré la respuesta ante mis ojos. El joven se encontraba en el auto-refractómetro, sí, pero donde debía tener la barbilla, estaba la frente, con lo que estaba mirando hacia el suelo, aunque lo más sorprendente no era eso, lo extraño, era que había extendido los brazos en su totalidad, y los tenía levantados por encima de su cabeza como si fuese un águila imperial cayendo sobre su presa.

Me quedé anonadado, en silencio y sin poder hablar, ya que, de haberlo hecho, mi voz hubiese sido acompañada de una sonora carcajada. No lo podía controlar. Sali disparado hacía el refugio del taller para recuperarme, pero ver a Arancha, retorciéndose, mientras se apoyaba sobre el picaporte de la puerta, no ayudaba mucho. Recuerdo a la perfección el gran esfuerzo que tuve que realizar para poder salir e indicarle al chico como debía de colocarse con la voz serena. Después, todo fue normal.

También en Benavente, durante el transcurso de otra rutinaria jornada laborar aconteció otro momento único e inolvidable, mientras graduaba a una chica de 16 o 17 años. Tras la graduación, había descubierto una pequeña desviación del ojo (foria), que podría estar detrás de los dolores de cabeza que sufría en ocasiones, con lo que la comenté:

  • Dile a tu padre que entre, quiero explicarle los resultados de esta prueba.
  • No es mi padre, es mi novio. Me espetó.

Tierra trágame y no me sueltes, por favor. Seré bocazas. Nunca más he vuelto a cometer el mismo error, aunque su acompañante tenga el aspecto de la momia de Tutankamón.

En otra ocasión, también en Benavente, pero en otro centro, una pobre mujer, decidió salir de la tienda por un gran espejo lateral en vez de por la puerta. La buena señora quería ir a la farmacia de al lado, y decidió hacerlo por el camino más corto.  Suerte que no iba muy rápido y el golpe fue pequeño.

Nos pasó algo parecido con otro señor, este era bastante mayor, con su boina negra correspondiente. En vez de intentar salir por el espejo, quiso acortar por el escaparte. El problema fue, que este si iba rápido. El fuerte golpe retumbo en toda la tienda, y el pobre hombre retrocedió un par de metros, estando a punto de perder el equilibrio. Aquí no nos reímos, nos asustó tanto el sonido, como la integridad de la persona. Aunque tengo que reconocer, que después de comprobar que se encontraba bien, y evidentemente dejar que se marchara, sí que nos reímos bastante.

En esa misma tienda, una tarde de invierno, nos entra una mujer de unos 59 años con un abrigo largo para graduarse. Era una señora simpática, cliente habitual. Tras pasar por el autorefractómetro,  le digo que entre al gabinete y se siente en el sillón grande. Normalmente accedía yo primero, pero en este caso, tuve que ir a recoger su ficha al mostrador. El gabinete era amplio, y constaba de un sillón bastante grande de graduación, y un taburete pequeño y redondo con ruedas, que solía utilizar yo. El caso es, que cuando estoy volviendo al gabinete, oigo un grito procedente del mismo. Salgo corriendo, alarmado, y al traspasar el umbral de la puerta, la imagen que vi, nunca la olvidaré. Imaginaros un escarabajo cuando lo pones boca arriba, moviendo las patas sin poder darse la vuelta, pues igual. La señora de espaldas con las manos y los pies hacia arriba, moviéndolas compulsivamente, tratándose de dar la vuelta.

  • ¿Pero qué te ha pasado?,
  • Me he caído. Era obvio.

Se había tratado de sentar en el taburete con ruedas. Al llevar abrigo, lo había desplazado y había caído.

  • ¿No te dije que te sentaras en el sillón grande? Le comenté entre risas mientras la levantaba.
  • Yo que sé, me senté en el primero que he visto. Suerte que ella también reía.

Para terminar, os advertiré: Cuidado compañeros ópticos si vais a trabajar a Tenerife (yo lo hice durante casi un año), que no os ocurra esto. Un día, estaba en el gabinete graduando a una señora. Le hago las preguntas previas pertinentes y le coloco el foróptero (ese aparato grande que lleva lentes y sustituye a la antigua gafa de los cristalitos) sobre su rostro. Cuando estoy a punto de comenzar la graduación, aparece una cucaracha enorme (como las de allí, marrones, grandes y capaces de volar, vamos repugnantes) encima del aparato, a 2 cm de la cara de la mujer. Ella no la veía, por suerte, pues miraba por los agujeritos. Apareció de pronto, y no supe cómo. La óptica estaba limpia y la acababan de restaurar. Instintivamente intenté golpear al insecto. No sé si llegué a acertar, creo que no, pero el caso es, que la cucaracha desapareció. Pero, ¿ a dónde fue? Mientras trataba de graduar aparentando tranquilidad, buscaba por todos los lados. En la cabeza de la señora, en su vestido, en el suelo, en los aparatos, en la mesa. Nada. Ni rastro. Terminé la graduación y dejé a la señora con mis compañeras. Me encerré en el gabinete, pero no fui capaz de encontrar la maldita cucaracha.  Espero que no notara nada raro de camino a casa.

Deseo que estas pequeñas historias os hayan entretenido un poco. A mí me ha gustado recordarlas. Un saludo a todos.

 

 

Estrabismo en edad preescolar

INTRODUCCIÓN

Hace unos días, entraron en la tienda unos padres angustiados con una preciosa niña de unos dos años de edad, con el ojo torcido y una receta de oftalmólogo. Me pareció que su único consuelo era que la gafa le solucionara su problema. No era una graduación alta, ni existía una diferencia muy acusada de graduación entre un ojo y otro, con lo que la compensación, por si sola, imagino que no lo solucionase, (ojalá me equivoque).

niña con estrabismo

El ver a niños tan pequeños con un ojo totalmente torcido me angustia, a pesar de saber que se puede tener una vida “normal” con este problema, no puedo evitarlo. No me quiero imaginar lo que deben sentir los padres. El caso es que, me sentí obligado a realizar este artículo, con la única finalidad de ayudar en lo posible a estos niños, en el laborioso trabajo de conseguir la binocularidad.

He leído en muchas páginas web, que el estrabismo no se puede prevenir. No estoy del todo de acuerdo. Hace muchos años, un optometrista americano de gran prestigio, nos comentó que un gran número de estrabismos se producían tras una enfermedad; una gripe, un sarampión, sobre todo si incluía episodios febriles. Nos decía algo así. – “es lógico, pensar que hasta ese momento el cerebro ha estado haciendo un esfuerzo para conseguir que los ojos estén rectos, pero en un momento de debilidad continuado, le es imposible mantener dicho esfuerzo, y normalmente uno de los ojos se desvía. Volver a la situación anterior, una vez que el cerebro es consciente de que ya no tiene que esforzarse, no es fácil”.

Si esto es cierto, y tratándose del doctor Donald J. Getz, no lo dudo. Creo que se pueden prevenir un gran número de casos. Pero ¿cómo?  Es lo que voy a tratar de explicar en las siguientes líneas.

Si tuviese que explicar todo el proceso de la visión y sus alteraciones en el estrabismo, podría escribir 4 o 5 artículos, y no es mi intención. Sin embargo, mencionaré dos conceptos fundamentales para entender la línea de razonamiento.

  • Nuestro cerebro está programado para ver con los dos ojos, si esto no ocurre es porque existe una causa importante que se lo impide, un problema muscular, una catarata o una hipermetropía alta, entre otras causas.
  • Como torcer el ojo no es algo natural, y procesar dos imágenes diferentes es excesivamente complejo, el cerebro se ve forzado a buscar adaptaciones. Cuanto más profundas y complejas sean estas adaptaciones, “mejor” para su funcionabilidad, y peor para nosotros (los profesionales).

¿QUÉ PODEMOS HACER?

La optometría comportamental se caracteriza fundamentalmente, por entender el proceso visual como una capacidad totalmente relacionado con el resto de procesos corporales, y no como un anexo independiente. ¿Qué quiere decir esto? Pues qué, para un optometrista comportamental, una foria vertical (desviación de un ojo, pero normalmente compensada), va a producir alteraciones en otros ámbitos, como puede ser ladear la cabeza, o la modificación de la forma de andar. Y la solución a este problema, en función de cada caso, se puede restringir solo a los ojos, o al tratamiento del resto de alteraciones. Somos un conjunto de interacciones, y los ojos al recibir el 80 % de la información que procesamos (tal vez más), son primordiales.  Esto se hace aún más relevante cuando hablamos de estrabismo.

Aunque no me he dedicado en exclusiva al estrabismo (en una óptica es complicado), es un tema que siempre me ha fascinado y cuando llegaba alguien con este problema me gustaba comentar, preguntar, y si podía, ayudar. Tal vez fuese casualidad, pero en muchos casos los padres me revelaban que sus hijos solían tropezar con facilidad con el marco de las puertas, y no tenían una buena coordinación en general. Solía indagar sobre si sus hijos habían gateado, y en la mayoría de los casos la respuesta era negativa. Os estaréis preguntando, ¿qué tiene que ver eso con los ojos? El proceso de gateo, hace que nuestro cerebro aprenda a coordinar perfectamente las dos partes de nuestro cuerpo (que hasta ese momento se han comportado como entes independientes). Si esto no se produce a su debido tiempo, como un proceso básico de nuestro desarrollo, crearemos una debilidad que puede ser decisiva ante una situación crítica. Es evidente, que, si no tenemos ningún problema, no vamos a desviar un ojo simplemente por no gatear (además estas capacidades se van adquiriendo con el paso del tiempo), pero si existe cierta tendencia, esto puede ser un factor determinante. De hecho, la terapia visual suele comenzar con la coordinación corporal del niño.

Tras conocer esto datos, vuelvo a la pregunta del principio; ¿se puede prevenir el estrabismo? Yo creo, que algunos SI.

  • Primero, crea un ambiente donde el niño realice todas las etapas necesarias de su desarrollo, para la organización corporal.
  • Segundo, descarta graduaciones comprometedoras (a un bebe no se le puede ajustar una graduación perfecta, pero si aproximada), como altas dioptrías, o diferencias significativas entre un ojo y otro.

 A mí esto me parece una prevención, no sé qué opináis vosotros.

Ahora voy a imaginar que el niño tiene estrabismo, le hemos puesto gafas, pero, aun así, continúa desviando un ojo.  Hemos valorado las diferentes opciones y nos hemos decantado por la terapia visual (aunque lo que voy a contar, valdría para el resto de posibilidades). Sin embargo, nos han comentado que nuestro hijo es demasiado pequeño para poder entrar en el programa de terapia. ¿Qué podemos hacer? Dos cosas:

  1. Evitar, dentro de lo posible, las adaptaciones que su cerebro intentará hacer.
  2. Preparar al niño mediante ejercicios en casa, para que la terapia tenga mayores posibilidades de éxito.

Para interferir en una posible adaptación compleja, podemos utilizar la simple oclusión monocular (tapar un ojo), eso sí, de manera alternante. También la oclusión binasal, que consiste en tapar únicamente la parte interior de la gafa de manera oblicua (figura 3), esto provoca que si el ojo no esta alineado, entra en la zona ocluida y no percibe imagen (únicamente la de la borrosidad del oclusor).

fig. 3

Otra opción son los cambios de graduación o prismas verticales, aunque estas técnicas son poco utilizadas. Con esto evitamos, ojos vagos, fijación excéntrica o correspondencia retiniana anómala, adaptaciones que dificultarían el éxito de la posterior terapia.

En cuanto a los ejercicios, hay infinidad de ellos. Para no extenderme en demasía, únicamente nombraré algunos, explicándolos brevemente. Lo que deseo es transmitir la idea, no hacer un programa completo. Si alguien tiene interés en conocerlos en profundidad, únicamente tiene que hacer la petición mediante mail.

Buscamos un organismo coordinado, con lo que podríamos comenzar con (dependerá de las habilidades y edad del niño):

Rodillo, rodar en el suelo para un lado y para otro, (el solo).

Lagartija, sería como reptar, avanzando en la busqueda de un objeto.

Gateo En homo y contralateral, es decir, lo hacemos adelantando misma mano y mismo pie, en un primer momento y después y extremidades de lados opuestos.

Además, tenemos que igualar las capacidades de cada ojo, si queremos que funcionen en perfecta armonía. Comenzamos en monocular (ojo tapado, por cierto, los ejercicios anteriores también con ojo tapado)

Clavar clavos (de juguete), calcar, dibujar, libros de dibujo punto a punto, recortables, hucha para meter monedas, o engarzar cuentas, pueden ser una buena base.

También podemos trabajar con pelotas de diferentes tamaños, haciendo que rueden por el suelo, lanzándolas y recogiéndolas.  Colgar una pelota con cuerda en el techo (tamaño tenis) e intentar golpearla con saquitos de cereales suele divertirles bastante.

Encontrar diferencias, o ejercicios de memoria visual como el de las parejas también son útiles.

 

Cuando las capacidades están igualadas se pasa a biocular, es decir, usa un ojo, pero tiene los dos abiertos, esto se consigue con gafas rojo-verde (aquí, el material debe ser controlado por un profesional, no todas las gafas rojo-verde y sus accesorios son válidos).

Calcos con lápiz rojo y lente roja, películas con filtro rojo en pantalla y gafa con verde en ojo fijador.

Hay muchos más, y si nos los hay, se pueden inventar o modificar. Espero que esto sea de ayuda. Un saludo a todos.